viernes, 8 de enero de 2010

El Paraíso de las Damas


Acabo de concluir la lectura de “El Paraíso de las Damas”, de Émile Zola (Debolsillo, 646 páginas).

Una novela sobre el nacimiento de los grandes almacenes en París.

Una joven huérfana, Denise, y con dos hermanos a cuestas, llega a París con intención de buscar trabajo. Recurre a un tío suyo que tiene una pañería. Sin embargo, la tienda de tejidos, como todos los pequeños comerciantes, está empezando a resentirse debido a las innovaciones que han traído los grandes almacenes. Denise se ve obligada a entrar a trabajar como dependienta en unas galerías, cuyo propietario, Octave Mouret, se enamora de ella. El nacimiento de una nueva era comercial y el amor entre clases sociales en un gran clásico del maestro Zola.



Émile Zola
(1840-1902) nació en París. Toda su niñez transcurrió en el sur de Francia, donde su padre falleció cuando él tenía siete años, dejando a su familia en la miseria. En 1858 se mudó a París y encontró su primer trabajo en una editorial. Aunque escribe diversos poemas, relatos y críticas literarias, hasta 1867 no publica su primera novela Thérèse Raquin. Entre 1871 y 1893 escribe «Les Rougon-Macquart», una serie de veinte novelas que tienen el fin de ilustrar, a través de una saga familiar, la vida parisina de finales del siglo XIX. En esta serie se incluyen obras como Nana o Germinal.

Inspirado por las teorías evolucionistas y deterministas de Darwin o Taine, Émile Zola inventó un nuevo género literario con el que penetrar en cada uno de los aspectos de la vida humana para descubrir todos los males de la sociedad: el naturalismo. Rápidamente, fue calificado de obsceno y criticado por exagerar la criminalidad y el comportamiento tanto de las clases más acomodadas como de las más desfavorecidas. En defensa del naturalismo, Émile Zola escribió varios libros de crítica literaria en los que atacaba a los escritores románticos. Entre estos escritos destacan La novela experimental (1880) y la colección de ensayos Los novelistas naturalistas (1881).

En enero de 1898, Zola publica una carta abierta en primera página del diario parisino L’Aurore. En esta carta, titulada «J’Accuse» y dirigida al presidente Faure, defiende al capitán judío Alfred Dreyfus y acusa al verdadero traidor, el capitán Esterhazy. Los efectos no se hacen esperar, Zola es condenado y desterrado a Inglaterra durante un año, pero su carta provocará la reapertura del juicio. Zola muere en su casa de París, el 29 de septiembre de 1902, intoxicado por el monóxido de carbono que producía una chimenea en mal estado. Cuatro años más tarde, el capitán Dreyfus regresará al ejército con restitución del grado y honores militares.

La doble vida de Émile Zola

Admirado y odiado, Zola se enfrentó a la sociedad de su época por defender la verdad. Pero llevó una doble vida. Zola era un escritor incómodo. Porque le obsesionaba la verdad. Desde sus primeras novelas hasta Nana o su gran éxito, Germinal (1885), y a lo largo de la veintena de títulos de la saga monumental de los Rougon-Macquard, reveló la parte más cruda de la sociedad francesa, renegando del idealismo romántico y de la hipocresía burguesa. En sus obras de ficción, muy documentadas, denunció el arribismo, las componendas y la reestructuración social en la Francia de la Segunda República. Él había vivido esos cambios al volver a París siendo joven, junto a su íntimo amigo de la infancia pasada en Aix en Provence, el pintor Paul Cézanne, con quien compartió las miserias de la vida bohemia en el París de los impresionistas cuando éstos eran considerados poco más que unos artistas rebeldes y repudiados. A Zola le fue bien, pese a todo. Su estilo descarnado y el gran proyecto novelístico emprendido, lo señalaron como el padre del naturalismo. Se convirtió en una gloria nacional. Llegó un momento en que el éxito, la fama y la riqueza derivados de sus libros y su publicación en forma de folletín, lo auparon a la posición de la élite intelectual. A la cómoda y tranquila existencia, junto a su esposa Alexandrine Meley, algo mayor que él y compañera leal desde sus inicios.

Hacia 1888 todo parecía rodar suavemente en su vida. El viaje a un balneario en Royen, sobre la costa atlántica, en compañía de su editor Georges Charpentier, el pintor Fernand Desmoulin y Alexandrine, se perfilaba como el de unas vacaciones estivales relajantes e intrascendentes. Pero fue ahí donde su vida se empezó a desdoblar. Por un lado, sus dos compañeros de viaje y el alcalde de la ciudad, Victor Billaud -asiduo visitante a su residencia-, lo iniciaron en la afición por la fotografía. Un pasatiempo que se convirtió rápidamente en una práctica sistemática, una forma de atesorar detalles de la realidad que reflejaba en sus novelas, aunque curiosamente, no la utilizara con fines literarios.

Por el otro, en esos cálidos días de verano este hombre de 48 años, con cerca de cien kilos de peso, se enamoró perdidamente de Jeanne Rozerot, la joven y esbelta costurera de 21 años que acompañaba a su esposa. ¿Cómo sucedió? Quizá, cualquier tarde, cuando estaban a punto de salir, Zola descubrió que llevaba un botón de la chaqueta algo suelto. Y cuando Jeanne se lo cosió, con prisas, y cortó el hilo con sus dientes ahí mismo, sobre su cuerpo, el escritor sintió una punzada que revivió pasiones dormidas durante mucho tiempo. El caso es que él y Jeanne se hicieron amantes y, con el tiempo, tuvieron dos hijos, Denise y Jacques. Con Alexandrine no había tenido descendencia, y el autor de La bestia humana se volcó en su segunda familia con responsabilidad, cariño y dedicación. Como no se admitía el divorcio, siguió llevando una vida oficial junto a Alexandrine y otra secreta junto a Jeanne y sus hijos, a quienes instaló en Verneuil, no muy lejos de su residencia de Médan a orillas del Sena, y veía casi a diario.

La fotografía se convirtió en su forma de legitimar esa existencia. Jeanne fue su musa y su modelo en centenares de placas. Una de ellas muestra al escritor y Alexandrine, maduros, entrados en carnes, muy rectos, cogidos fríamente de la mano. Luego hay otras de Jeanne joven y esbelta, montando en bicicleta, o cubierta apenas con un paño blanco, con los hombros y los brazos desnudos, o casi de espaldas destacando también la desnudez de sus hombros y su nuca. En otra foto, Zola -con unos 25 kilos menos- y Jeanne se estrechan como en un baile, muy pegados. Unidos. Luego están las fotos de sus hijos. Escenas familiares, comidas al aire libre, paseos, los juegos de los chicos. Más adelante, los niños como modelos al capricho de su padre, disfrazados, posando en distintas actitudes, corriendo por el campo.

Émile Zola llegó a hacer cerca de 7.000 placas desde 1888 hasta su muerte en 1902. Compró los equipos más sofisticados de la época e instaló tres laboratorios para su revelado. Le gustaba trabajar en series, quizá influido por los pintores impresionistas, a quienes defendió desde un principio como crítico de arte, en sus primeros artículos periodísticos. Le interesan los paisajes, tanto los de la ciudad como los del campo. La arquitectura. Los cambios que traen las estaciones. Las personas y sus oficios. Los eventos, como la Exposición Universal de 1900, que documenta con su cámara en sus grandes fases, como la construcción de la torre Eiffel.

También deja constancia de sus viajes, a Roma, el exilio en Londres... Porque Zola seguía haciendo fotografías aun durante los dramáticos días del caso Dreyfus. Uno de los juicios más célebres de la historia donde el escritor tuvo la valentía de denunciar la corrupción y el complot entre los más altos estamentos militares, de resultas de una causa por espionaje que condenó de por vida a un inocente capitán judío a la prisión de la Isla del Diablo. Su histórica carta al presidente de la República, titulada J'accuse, publicada en L'Aurore el 13 de enero de 1898, le valió a él mismo ser juzgado y condenado, viéndose obligado a huir a Londres durante casi un año para continuar sus arengas a favor de la revisión del caso. Al final, la verdad triunfó. Aunque no en la vida personal de Zola. Murió inesperadamente, asfixiado por el monóxido de carbono de una estufa con la chimenea obstruida, el 29 de septiembre de 1902, en París. Al día siguiente se le esperaba para la ceremonia de readmisión de Dreyfus en el ejército. Iban a estrechar sus manos por primera vez.

"La escisión de esta doble vida que he tenido que vivir ha terminado por desesperarme", escribe Zola en una carta. "Jeanne me ha tributado el regio festín de su juventud y devuelto a mis treinta años, haciéndome el hermano mayor de mi Denise y de mi Jacques". Alexandrine se había enterado de la relación con Jeanne a través de una carta anónima y, por más que instó a su marido a dejarla, no lo consiguió. Tras la muerte de Jeanne, algún tiempo después, Alexandrine adoptó a sus dos hijos para que fueran los herederos legales de su padre.


martes, 5 de enero de 2010

Patricia Conde se desmelena

La presentadora del programa de La Sexta "Sé lo que hicisteis..." ha ido un pasó más allá y en un alegato en defensa del honor a las mujeres se ha presentado delante de las cámaras, y bajo la atónita mirada de sus compañeros, en paños menores.

domingo, 3 de enero de 2010

Sexo, vino y más sexo

Los inocentes


Acabo de concluir la lectura de "Los inocentes", de Hermann Broch (Debolsillo, 342 páginas).

En 1950, a partir de varios relatos que habían sido publicados en prensa y seis poemas que conservan el lirismo de algunos pasajes de La muerte de Virgilio, Broch construyó Los inocentes, una novela desgarradora en la que, a través de sus personajes femeninos -la baronesa W., Zerline, Hildegard y Melitta- asistimos a la decadencia, la apatía y el desencuentro de la sociedad alemana de entreguerras que permitirá la ascensión del fascismo, y en la que ya no queda lugar para la inocencia.

Una de las felices contradicciones del modernismo literario, movimiento dentro del cual podemos incluir, en un sentido amplio, la novelística de Hermann Broch (1886-1951), junto con la de Mann, Musil, Joyce, Woolf, Faulkner, Svevo y tantos otros, es que, si bien se presenta como un movimiento de ruptura violenta con el pasado, mantiene todavía una fe inalterada en la unidad y la importancia del ser humano. Y sigue considerando la psique, alma o existencia mental del individuo como centro y metro de platino iridiado de todas las cosas.

Existen, de hecho, dos ramas del modernismo bien diferenciadas: la de Kafka, Beckett o Gombrowicz, cuyos personajes no tienen entidad psicológica y son meros fantoches, y la de Joyce, Woolf, Proust o Broch, que aspiran a una sensación de realidad interior casi trascendental. Siempre se ha afirmado que el sujeto de las novelas modernistas es un sujeto alienado, pero hay una diferencia radical entre la alienación de Leopold Bloom, Mrs. Ramsey o Pasenow (Joyce, Woolf, Broch) y la de K., Molloy o Ferdydurke (Kafka, Beckett, Gombrowicz). Los primeros son personas reales, sujetos psicológicos alienados del mundo; los últimos, metáforas de la alienación.

Dicho de otra forma: la línea de modernismo dentro de la cual se inscribe la obra de Broch tiene una decidida voluntad realista, aunque no en el sentido del «realismo» del siglo XIX porque el realismo modernista no pretende explicar la realidad ni tampoco las razones de los personajes, sino presentar la magnitud y la complejidad de lo real en frescos o en encendidas rapsodias donde no todo es inteligible y donde la experiencia parece presentarse y aprehenderse en un devenir de destellos caóticos y fragmentarios. Esta es, precisamente, la tarea que se impuso Hermann Broch: representar no la realidad ni la sociedad ni la mentalidad de su tiempo, sino más bien su fascinante complejidad, su caracter polifónico, y representar, además, la forma en que una psique vive en el mundo, con su carga de sueños y deseos inexpresados, fábula y cálculo, percepción e ilusión, y la forma en que ambas, esta psique y este mundo, entran en colisión la una con el otro.

Para representar la complejidad del mundo moderno, para poder englobar en su amplio compás expresivo todos los matices y tornasoles de la psique en su trasiego por el mundo, Broch diseñó novelas que eran reuniones de elementos completamente heterogéneos entre sí desde el punto de vista de la forma, el género, el estilo y el contenido.

Los inocentes, una de las últimas obras de Broch, representa otro paso más en su técnica de componer novelas a partir de piezas disímiles. En este caso, la singularidad se produce porque la obra no es realmente una novela en el sentido convencional, sino una serie de relatos escritos por Broch en distintas épocas y más tarde reescritos y reunidos por medio de extensos poemas. En opinión de Milan Kundera (El arte de la novela), a menudo las piezas son demasiado disímiles y no logran una buena integración, y ese ligero rechinar entre las distintas piezas, esa sugerencia llena de posibilidades que se escapa entre los fuelles de una maquinaria ingeniosa pero que no funciona todavía a la perfección es lo que da a las novelas de Broch, precisamente, tanto encanto -ya que la perfección, a menudo, es aburrida-. Contemplar una novela de Broch es contemplar también el taller de un escritor, y no siempre es fácil ser admitido en esta clase de lugares sagrados y secretos.



Hermann Broch
(1886-1951) nació en Viena en una familia acomodada de origen judío. Cursó estudios de ingeniería textil y trabajó largo tiempo en la fábrica de su padre. En 1928 abandonó sus actividades en la industria para dedicarse por entero a la literatura y a sus estudios de filosofía, matemáticas y psicología. Perseguido por la Gestapo en 1938, logró salir de la cárcel gracias a la intervención de algunas personalidades, entre ellas James Joyce, y huir primero a Inglaterra y luego a Estados Unidos, donde falleció en la ciudad de New Haven. Aparte de una importante obra como ensayista, en el campo de la narrativa dejó varias obras capitales para la literatura contemporánea: La muerte de Virgilio, Los inocentes y la trilogía de Los sonámbulos, que, escrita entre 1931 y 1932, incluye Pasenow o el romanticismo, Esch o la anarquía y Huguenau o el realismo.

viernes, 1 de enero de 2010

Lolita


Acabo de concluir la lectura de "Lolita", de Vladimir Nabokov (Compactos Anagrama, 392 páginas)

En su versión más explícita, la novela es la confesión escrita de Humbert Humbert, a los jueces del tribunal que va a juzgarlo por asesino, de aquella predilección suya por las niñas precoces, que, creciendo con él desde su infancia europea, alcanzaría su climax y satisfacción en un perdido pueblito de Nueva Inglaterra, Ramsdale. Allí, con la aviesa intención de llegar más fácilmente a su hija Lolita, H. H. desposa a una viuda relativamente acomodada, Mrs. Charlotte Becher Haze. El azar, en forma de automóvil, facilita los planes de Humbert Humbert, arrollando a su esposa y poniendo en sus manos, literal y legalmente, a la huérfana.

La relación semi-incestuosa dura un par de años, al cabo de los cuales Lolita se fuga con un autor teatral y guionista cinematográfico, Clare Quilty, a quien, luego de una tortuosa búsqueda, Humbert Humbert da muerte. Éste es el crimen por el que va a ser juzgado cuando se pone a escribir el manuscrito que, dentro de la mentirosa tradición de Cidi Hamete Benengeli, dice ser Lolita.

Humbert Humbert cuenta esta historia con las pausas, suspensos, falsas pistas, ironías y ambigüedades de un narrador consumado en el arte de reavivar a cada momento la curiosidad del lector. Su historia es escandalosa pero no pornográfica, ni siquiera erótica. No hay en ella la menor complacencia en la descripción de los avatares sexuales —condición sine qua non de la pornografía— ni, tampoco, una visión hedonista que justificaría los excesos del narrador-personaje en nombre del placer.

Humbert Humbert no es un libertino ni un sensual: es apenas un obseso. Su historia es escandalosa, ante todo, porque él la siente y la presenta así, subrayando a cada paso su «demencia» y «monstruosidad» (son sus palabras). Es esta conciencia transgresora del protagonista la que confiere a su aventura su índole malsana y moralmente inaceptable, más que la edad de su víctima, quien, después de todo, es apenas un año menor que la Julieta de Shakespeare. Y contribuye a agravar su falta y a privarlo de la conmiseración del lector, su antipatía y arrogancia, el desprecio que parecen inspirarle todos los hombres y mujeres que lo rodean, incluidos los bellos animalitos semipúberes que tanto lo inflaman.

Más que la seducción de la pequeña ninfa por el hombre taimado, tal vez ésta sea la mayor insolencia de la novela: el rebajamiento a fantoches risibles de toda la humanidad que asoma por la historia. Una burla incesante de instituciones, profesiones y quehaceres, desde el psicoanálisis —que fue una de las bestias negras de Nabokov— hasta la educación y la familia, permea el monólogo de Humbert Humbert. Al pasar por el tamiz corrosivo de su pluma, todos los personajes se vuelven tontos, pretenciosos, ridículos, previsibles y aburridos.

Se ha dicho que la novela es, sobre todo, una crítica feroz del universo de la clase media norteamericana, una sátira del mal gusto de sus moteles, de la ingenuidad de sus ritos y la inconsistencia de sus valores, una abominación literaria de aquello que Henry Miller bautizó: «la pesadilla refrigerada». Por su parte, el profesor Harry Levin explicó que Lolita era una metáfora que refería el sentimiento de un europeo que, luego de caer rendido de amor por los Estados Unidos, se decepciona brutalmente de este país por su falta de madurez.

Lolita hizo a Nabokov rico y famoso pero el escándalo que rodeó su aparición creó en torno a esta novela un malentendido que ha durado hasta nuestros días.

El hecho es que cuatro editoriales norteamericanas rechazaron el manuscrito de Lolita antes de que Nabokov lo entregara a Maurice Girodias, de Olympia Press, editorial parisina que publicaba libros en inglés y que se había hecho célebre por el número de juicios y decomisos de que había sido víctima, acusada de obscenidad y de atentar contra las buenas costumbres. La novela apareció en 1955 y un año después fue prohibida por el ministro francés del Interior.

En poco tiempo, había universalizado un nuevo término, la «lolita», para un nuevo concepto: la niña-mujer, emancipada sin saberlo y símbolo inconsciente de la revolución de las costumbres contemporáneas. En cierto modo, Lolita es uno de los hitos inaugurales, y, también, sin duda, una de sus causas, de la era de la tolerancia sexual, la evaporación de los tabúes entre los adolescentes de Estados Unidos y de Europa occidental que alcanzaría su apogeo en los sesenta.

La nínfula (término que por una razón acústica carece de toda la ambigüedad perversa e incitante del neologismo original: the nimphet) no nació con el personaje de Nabokov. Existía, qué duda cabe, en los sueños de los pervertidos y en las ansias, ciegas y trémulas, de las niñas inocentes, y la evolución de los hábitos y la moral la iba cuajando, irresistiblemente. Pero, gracias a la novela, perdió su semblante vago y se corporizó, abandonó su clandestinidad nerviosa y ganó derecho de ciudad.

Una gran obra literaria admite siempre lecturas antagónicas, es una caja de Pandora donde cada lector descubre sentidos, matices, motivos y hasta historias diferentes. Éste es el caso de Lolita, que ha hechizado a los lectores más superficiales a la vez que seducía con su surtidor de ideas y alusiones y la delicadeza de su factura al ilustrado que se acerca a cada libro con el desplante que lanzó aquel joven a Cocteau: Étonnez-moi!



Vladimir Nabokov
(1899-1977) es uno de los más extraordinarios escritores del siglo XX. Nacido en 1899, en San Petersburgo, en una familia de la aristocracia rusa —su abuelo paterno había sido ministro de Justicia de dos zares y su padre un político liberal al que asesinaron unos extremistas monárquicos, en Berlín—, Vladimir Vladimirovich Nabokov había recibido una educación esmerada, que hizo de él un políglota. Tuvo dos niñeras inglesas, una gobernanta suiza y un preceptor francés, y estudió en Cambridge antes de expatriarse, con motivo de la revolución de octubre, a Alemania. Aunque su libro más audaz (Pale Fire) sólo saldría en 1962, cuando apareció Lolita el grueso de la obra de Nabokov estaba ya publicado. Era vasta pero apenas conocida: novelas, poemas, teatro, ensayos críticos, una biografía de Nikolai Gogol, traducciones al y del ruso. Había sido escrita al principio en ruso, luego en francés y, finalmente, en inglés. Su autor, que, luego de Alemania, vivió en Francia, optó finalmente por los Estados Unidos, donde se ganaba la vida como profesor universitario y practicaba, en los veranos, su afición segunda: la entomología, especialidad lepidópteros.

En Anagrama se le ha dedicado una “Biblioteca Nabokov” que recoge una amplísima muestra de su talento narrativo. En “Compactos” se han publicado los siguientes títulos: Lolita; Pálido fuego; Ada o el ardor; El hechicero; Habla, memoria; Pnim; Mashenka; La defensa; Rey, Dama, Valet; La verdadera vida de Sebastian Knight; El ojo; Desesperación; y Risa en la oscuridad; mientras que La dádiva; y Una belleza rusa; pueden encontrarse en “Panorama de narrativas”.





La Parejita le canta al 2010

FELIZ 2010

domingo, 27 de diciembre de 2009

El contador de historias


Acabo de concluir la lectura de "El contador de historias", de Rabih Alameddine (Debolsillo-Premium, 662 página).

Escuchad. Dejad que os guíe en un viaje hacia los confines de la imaginación. Dejad que os cuente una historia...

Así empieza a hablar Osama, el hombre recién llegado a Beirut que a lo largo de estas páginas nos desvelará los secretos de su estrafalaria familia y muy en especial del abuelo, un hombre que había dedicado su vida al ilustre oficio de contar historias en bares y mercados. Nadie como él sabía hablar de héroes y villanos, de princesas y esclavas, de tesoros ocultos en ciudades encantadas; nadie sabía mezclar tan sabiamente los hilos de la realidad y la leyenda; nadie, en fin, mejor que él para hacer de la vida un cuento mágico. Osama decide seguir los pasos del abuelo y El contador de historias es su manera de llevarnos a un mundo donde todo es posible, incluso la felicidad.



Rabih Alameddine tardó años en descubrir cuál era su vocación. Tras dejar Líbano cuando tenía diecisiete años e instalarse en California, se licenció en ingeniería porque le gustaban las matemáticas, pero pronto abandonó la profesión. Intentó luego interesarse por la psicología clínica, y finalmente se dedicó algunos años a la pintura, solo para descubrir que nunca destacaría en este campo.

Un día, cuando ya estaba cansado y deprimido, probó suerte con la escritura y se dio cuenta de que ese era el oficio al que quería dedicar el resto de su vida. Empezó publicando una novela titulada Yo, la Divina y una colección de cuentos.

Después de años de intenso trabajo, con El contador de historias ha logrado que tanto la crítica más exigente como el público valoren su trabajo. Traducida a diez idiomas y alabada por la prensa internacional, esta es la novela que está destinada a convertirse en Las mil y una noches del siglo XXI.

martes, 15 de diciembre de 2009

De parte de la princesa muerta


Acabo de concluir la lectura de “De parte de la princesa muerta”, de Kenizé Mourad, que me prestó mi hija (Muchnik Editores 1988, 584 páginas).

De parte de la princesa muerta es la historia de Selma, una historia que parece sacada de las Mil y una noches moderno, con la llegada a Estambul de las potencias victoriosas (Turquía era aliada de Alemania), la revuelta de Kemal Atatürk, la expulsión de la nobleza que se desparrama por todo el Mediterráneo y, particularmente, en un Beirut brillante, bajo una fuerte influencia francesa, escenario de los varios movimientos panárabes.

La segunda parte del libro se desarrolla en el Líbano. Selma llega a la edad de casarse y, después de varias aventuras amorosas frustradas, acepta unirse a un rajá de la India musulmana, donde tiene lugar la tercera parte del libro, una India atormentada por los movimientos independentistas, la rivalidad religiosa, el pacifismo a ultranza del mahatma Gandhi.

Finalmente, encinta de varios meses y hastiada de la corte de rajá, Selma consigue marcharse sola a París para dar a luz sin peligros clínicos. Y es París el marco de la cuarta y última parte de esta novela apasionante, un París ocupado por los nazis en el que Selma, empobrecida hasta la miseria y acompañada sólo por el eunuco de la familia, vive su único gran amor y tiene a Kenizé.



Hija de un princesa y un rajá,
Kenizé Mourad nació en París en 1942, fue educada en un orfanato dirigido por religiosas e ignoró hasta los quince años quiénes eran sus padres biológicos. En la búsqueda de sus raíces, a los veintiún años, viajó a la India para conocer a su padre, Amir. Lejos de adaptarse a ese país, Mourad regresó a París para conquistar su libertad y ganarse la vida como vendedora de chocolatinas en la ópera, azafata y periodista en el Nouvel Observateur, en cuya redacción trabajó doce años.

De parte de la princesa muerta, arranca con la necesidad de investigar la figura de su madre, la princesa Selma de Turquía, hija de Mourad V, el último sultán. Tras examinar durante cuatro años bibliotecas y archivos, estudiar los periódicos de la época y pasar largas temporadas en los lugares donde vivió su madre, Kenizé Mourad consiguió reconstruir la vida apasionante de una mujer intrépida que eligió la libertad a costa de la pobreza, haciendo de esta historia un best-séller que ha captado la atención de millones de lectores en todo el mundo.

parte del libro, unaIndia atormentada por los movimientos independentistas,

martes, 8 de diciembre de 2009

Vida y destino


Acabo de concluir la lectura de “Vida y destino”, de Vasili Grossman (Debolsillo Premium, 1120 páginas).

La batalla de Stalingrado, sin duda la más sangrienta de la historia, fue una verdadera “guerra de ratas” en la que se luchó calle por calle y se murió casa por casa. Durante el cerco, los miembros de la familia Sháposhnikov, dispersos de Alemania a Siberia, buscan una salida a sus vidas, un destino mejor. La acción transcurre entre dormitorios, nidos de francotiradores, laboratorios científicos, gulags, e incluso nos acerca a las mentes de Hitler y Stalin.

Vida y destino es una novela profunda que retrata el dolor humano, y un conmovedor ajuste de cuentas con las fuerzas oscuras que dominaron el siglo XX.

“Vida y destino, como Ulises, como Guerra y paz, como En busca del tiempo perdido, como Al faro, nos devuelve la conciencia del poderío de la novela como forma suprema de narración del mundo. Palabras mayores.” (Antonio Muñoz Molina)



Vasili Grossman
nació en 1905, en Berdíchev, en la actual Ucrania. Durante la Segunda Guerra Mundial trabajó de reportero para el Krásnaya Zvezdá, el periódico oficial del Ejército Rojo. Cubrió la batalla de Stalingrado y fue el primero en dar a conocer al mundo la existencia de los campos de exterminio nazis.

Su obra cumbre, Vida y destino, fue considerada una amenaza para el régimen soviético, tan peligrosa que no solo fue prohibida sino que se confiscaron incluso las cintas de la máquina de escribir en la que había sido redactada. Grossman murió en Moscú en 1964, sumido en el ostracismo, y no llegó a verla publicada.

En 1980, gracias a una copia del manuscrito que pudo ser recuperada, Vida y destino se editó en Suiza, tras lo que se convirtió inmediatamente en una obra literaria de referencia mundial.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Tous les garçons et les filles...

Françoise Hardy (Paris, 17/01/1944), delicada intérprete de suave voz y dotada compositora de inclinación sentimental, sofisticada y melancólica, es la gran diva en la historia del pop francés. Con su guitarra acústica, comenzó a actuar a comienzos de la década de los 60 por diversos clubes parisinos, interpretando sus tristes y nostálgicas historias. En 1962 consiguió grabar en Vogue Records su primer single, “Tous les garçons et les filles”, una canción escrita por Françoise y Roger Samyn que se convirtió en un enorme éxito europeo.





Tous les garçons et les filles de mon âge
se promènent dans la rue deux par deux
tous les garçons et les filles de mon âge
savent bien ce que c'est d'être heureux
et les yeux dans les yeux et la main dans la main
ils s'en vont amoureux sans peur du lendemain
oui mais moi, je vais seule par les rues, l'âme en peine
oui mais moi, je vais seule, car personne ne m'aime

Mes jours comme mes nuits sont en tous points pareils
sans joies et pleins d'ennuis personne ne murmure "je t'aime"
à mon oreille

Tous les garçons et les filles de mon âge
font ensemble des projets d'avenir
tous les garçons et les filles de mon âge
savent très bien ce qu'aimer veut dire
et les yeux dans les yeux et la main dans la main
ils s'en vont amoureux sans peur du lendemain
oui mais moi, je vais seule par les rues, l'âme en peine
oui mais moi, je vais seule, car personne ne m'aime

Mes jours comme mes nuits sont en tous points pareils
sans joies et pleins d'ennuis oh! quand donc pour moi brillera le soleil?

Comme les garçons et les filles de mon âge connaîtrais-je
bientôt ce qu'est l'amour?
comme les garçons et les filles de mon âge je me
demande quand viendra le jour
où les yeux dans ses yeux et la main dans sa main
j'aurai le cœur heureux sans peur du lendemain
le jour où je n'aurai plus du tout l'âme en peine

le jour où moi aussi j'aurai quelqu'un qui m'aime


jueves, 26 de noviembre de 2009

Una historia de amor y oscuridad


Acabo de concluir la lectura de “Una historia de amor y oscuridad”, de Amos Oz (Debolsillo, 775 páginas).

Amor y oscuridad son dos de las fuerzas que interaccionan en este libro, una autobiografía en forma de novela, una obra literaria compleja que comprende los orígenes de la familia de Amos Oz, la historia de su infancia y juventud, primero en Jerusalén y después en el kibbutz de Hulda, la trágica existencia de sus padres, una descripción épica del Jerusalén y del Tel Aviv, que es su reverso, entre los años treinta y cincuenta.

La narración oscila hacia delante y hacia atrás en el tiempo y refleja más de cien años de historia familiar, una saga de relaciones de amor y odio hacia Europa, que tiene como protagonistas a cuatro generaciones de soñadores, estudiosos, poetas egocéntricos, reformadores del mundo y ovejas negras.

Esta amplia galería de personajes prepara un «cóctel genético» del que nacerá un hijo único que descubrirá ser escritor. Amos Oz nos entrega la historia de su infancia y adolescencia, una historia llena de aspiraciones poéticas y afán político: una novela que consigue llegar al corazón del lector.

«Este libro es un ejemplo de autobiografía bien narrada. Una obra inmersa en el deseo de vivir y de ser, gratificante, emocionante inteligente.» JOSÉ MARÍA GUELBENZU, Babelia, El País



Amos Oz
(1939) nació en Jerusalén y se licenció en filosofía y literatura en la Hebrew University de su ciudad natal. Durante 25 años vivió en el kibbutz Hulda, donde era profesor de instituto. No fue hasta 1986 que se trasladó a Arad, ciudad situada en el desierto del Néguev. Desde 1987 es profesor de literatura hebrea en la Ben-Gurion University of the Negev, en Beersheba, universidad de la cual se convirtió en catedrático de literatura hebrea moderna en 1993. Por otro lado, ha sido profesor y escritor invitado por varias universidades en Estados Unidos, Inglaterra y Alemania, y desde 1991 es miembro de la Academia de la Lengua Hebrea.

Ha publicado un gran número de novelas, entre las que destacan: Mi querido Mijael (1968), Tocar el agua, tocar el viento (1973), Un descanso verdadero (1982), La caja negra (1987), La tercera condición (1991), No digas noche (1994), El mismo mar (1998) y Una historia de amor y oscuridad (2002), su novela más autobiográfica. Su talento literario lo ha hecho merecedor de numerosos premios internacionales, como el Goethe (2005), el reputado Premio Israelí de Literatura (1998) o el Príncipe de Asturias de las Letras (2007).

Además de la novela, Amos Oz ha cultivado la escritura periodística y ensayística. Desde 1967 ha publicado numerosos artículos sobre el conflicto árabe-israelí, promulgando su compromiso basado en el reconocimiento mutuo y la coexistencia entre Israel y Palestina en Gaza y Cisjordania. Entre los ensayos más conocidos, cabe destacar Under This Blazing Light (1978), In the Land of Israel (1983), The Slopes of Lebanon (1987), Israel, Palestine, and Peace (1994), All Our Hopes (1998) y But These are Two Different Wars (2002).

Es uno de los líderes del movimiento Peace Now, y por ello le han sido otorgadas prestigiosas condecoraciones: Premio de la paz de los libreros (1992, Alemania), Caballero de la Cruz de la Legión de Honor (1997, Francia), Premio Libertad de Expresión (2002, Noruega) y Medalla Internacional de la Tolerancia (2002, Polonia).

domingo, 22 de noviembre de 2009

sábado, 21 de noviembre de 2009

Para Marieta Barral

Y yo que la otra noche fui a rondarle a Marieta...





Marieta no seas coqueta porque los hombres son muy malos...



La coqueta de Marieta